4-4-2011
RELATO Nació como un rincón de París, luego fue adoptado por la comunidad judía y llegó a tener su esplendor tanguero
FERNANDO LOUSTAUNAU
A diferencia de otras grandes ciudades, el cine que se hizo históricamente en Montevideo veía en general a la ciudad como poseedora de una identidad genérica. En 1898 ya había filmes nacionales y en 1919 produjimos el primer largometraje; luego, el cine nacional se estancó por décadas y décadas hasta este revival que todos conocemos.
Esta segmentación montevideana es una novedad, es una forma de maduración del cine nacional, maduración que no siempre viene acompañada en la trama argumental. Si pensamos en la enorme diversidad de la capital, abordar cinematográficamente un barrio y su entramado parecía una necesidad imperiosa.
Montevideo es heterogénea hasta el infinito. Va desde un barrio ferrocarrilero de origen británico, caso de Peñarol, hasta el propio Reus que nos ocupa, identificado con la colectividad judía. Claro, barrios de inmigrantes fueron en los hechos casi todos, por no decir todos. La Aguada fue italiana y hasta francesa, Pocitos Viejo por la calle Lamas y proximidades (cerca del viejo British) tuvo su impronta británica. En verdad el Cerro fue el primero y nació justamente como Cosmópolis para albergar inmigrantes por 1834; allí está el Monumento al Inmigrante y entre sus pobladores los hubo rusos y lituanos. El citado Reus y Ciudad Vieja, judíos; Villa Española, española. En los hechos, de la península ibérica y de la Italia toda hubo y hay inmigrantes y descendientes directos en La Comercial, Reducto, Kruger, Maroñas, Goes, Palermo, Unión, Malvín, Cordón, Parque Rodó y la ciudad toda. En Montevideo nunca hubo guetos y cualquier extranjero podía vivir en cualquier zona. Y los barrios que se conformaron de las respectivas colectividades fue más por comodidad de sus miembros, por necesidades prácticas de tipo laboral (caso Peñarol y el ferrocarril). Hoy crece una comunidad peruana y será natural en los próximos años incentivar la masiva llegada de latinoamericanos.
Reus es parte del escenario de este film policial nacional donde el compatriota Adrián Caetano parece ser un referente al menos inconsciente. Es que la historia se teje en el barrio y aborda el enfrentamiento por el poder entre dos familias, una de comerciantes judíos, aquellos que justamente le dieron la impronta entrado el siglo XX. La pasta base está en el aire, como no podía ser de otro modo, y se integra como causa y efecto en esta Montevideo atravesada por ese flagelo.
El Reus fue de avanzada. A fines del siglo XIX construir todo un barrio para las emergentes clases medias era una originalidad. Máxime si se le imprimía buena factura, nobles materiales y un estilo que hace pensar en la estampa clásica de París con sus techos a la Mansard (o bien llamadas buhardillas). Hoy lamentablemente muchas de esas terminaciones han sido suprimidas, quitándoles su mayor valor diferencial. Pero es tan intensa su vida comercial y llama tanto la atención la armonía de esas viviendas, que es difícil no percibir su interés patrimonial. Sobre 18 manzanas se edificaron 27 cuerpos de edificios formando pabellones delineados a través de calles separadas. Conexión con aguas corrientes, caños maestros, proximidad a la estación de tranvías, todo era digno de asombro para 1888 en Montevideo o en cualquier urbe. Para algunos, el núcleo ideado por Emilio Reus rinde tributo a las propuestas de Charles Fourier y el socialismo utópico. Sería una suerte de falansterio donde la gente viviría en perfecta armonía.
La presencia judía exacerbó el carácter cosmopolita, la convivencia con las tiendas, restaurantes y lugares de tango, como el Vaccaro, fueron formando un particular eclecticismo. Del Reus, entre muchos otros, es Roberto Fugazot, y así se llamó el famoso tango luego grabado como Barrio reo.
Hoy la zona es un polvorín comercial (entre los extranjeros predominan ahora personas de origen asiático), lo que significa la progresiva destrucción del interior de sus viviendas para ser convertidas en depósitos. Urge tomar medidas para preservar este rincón popular y dignísimo de la ciudad, urge un plan regulador que impida se avance con los destrozos. Urge reponer las buhardillas.
En tren de soñar, el Reus podría bien posicionarse como un barrio de tango, con sus casas preservadas (sin colorinches), la reincorporación de las mansardas y ámbitos donde reencontrarse con nuestra música ciudadana. Su llegada al cine es una señal positiva.
Y el Reus al celuloide
04/Abr/2011
El Observador, Fernando Loustaunau